Missionary Oblates of Mary Immaculate - Newsroom

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Father Pat Casey, O.M.I. was inspired to become a priest while living in a hell on earth.

For 13 months Fr. Pat was a medic on the frontlines of the Vietnam War.  He worked in a mobile hospital that was the target of attacks by suicide bombers.  He rappelled out of helicopters to reach the injured on the battlefields, stabilizing their injuries until they could be airlifted to a hospital.

It was during the war that Fr. Pat gathered strength from the Catholic priests who accompanied him on his missions.  The compassion and concern they showed to the wounded and dying helped inspire Fr. Pat to become a priest.

“I was 28 years old when I joined the Oblates,” said Fr. Pat.  “It took a while for me to get things sorted out.”

Father Pat was born in Los Angeles to Irish immigrants.  His dad had a colorful past, stowing away on an American-bound freighter at the age of 13.  Custom officials tried to send the young man back to Ireland, but Catholic nuns stepped in and arranged for him to live with a family in New Jersey. 

As a child, Fr. Pat worked in the family businesses, a group of flower and gift shops and a catering company.  After graduating from high school, he enrolled at UCLA with the desire to become a doctor.  Then came his draft notice.

Although Fr. Pat returned from Vietnam without any physical wounds, mentally it took time to recover from the trauma.  He had flashbacks to the battlefield, and suffered many sleepless nights.

After the war Fr. Pat worked for three years as a physician’s assistant in Los Angeles and then Omaha, Nebraska.  In Omaha, he met the Oblates and the thought of religious life, which he had considered as a youth, was rekindled. 

Father Pat traded the battlefields of Vietnam for the battlefields of the inner cities.  Much of his early ministries involved working in some of the most dangerous neighborhoods in the United States.

In St. Louis he was Pastor at Holy Guardian Angels located in the Peabody housing projects.  During one Mass he was threatened by a man demanding money.  Later Fr. Pat would minister at Oblate parishes in Chicago.  One day as he conducted a funeral service for a young man, two gang members came to the church and murdered the child’s father as he prayed.

After six years in Chicago, Fr. Pat accepted an assignment in a totally different world – rural Alaska.  For three years he ministered in the communities of Wrangell (population 2,400), Petersburg (population 2,900) and Kake (population 546).  He then accepted an assignment as Rector for the Cathedral Parish of Juneau where he continues to serve today.

While the surrounding may be vastly different, Fr. Pat said the people of Alaska, especially Natives, suffer many of the same hardships that his parishioners faced in the inner cities.

Alcoholism, poor nutrition, suicide and drug addiction (in particular heroin) plague many of the Native communities in Alaska.  Father Pat said there is also a lack of positive role models for male teenagers, with elders having to serve as the main positive influence in the lives of their grandchildren.

Another obstacle faced in Alaska is a lack of technology in many schools and parishes.  Some places do not have Internet access, relying instead on walkie-talkies.  Father Pat has been active in recent years in getting the diocese’s technology up to speed.

Father Pat is also active in programs to protect the environment.  He and other Church representatives advocate on behalf of the environment as industries such as lumber, mining and oil try to take advantage of vast natural resources.

“Alaska is a phenomenal place, but it is also a place of great risk because of what is being done to the environment,” said Fr. Pat.

Phenomenal and risk, two words that describe Alaska, and the life of Fr. Pat Casey.  Whether he is jumping out of helicopters, standing up to gang members or serving as a role model to troubled youth, Fr. Pat has spent a lifetime taking risks, and creating a phenomenal legacy of compassion and love.


 

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El Padre Pat Casey, O.M.I. fue inspirado a convertirse en sacerdote mientras vivía un infierno en la tierra.

El Padre Pat fue médico por trece meses en las líneas de combate de la guerra de Vietnam.  Trabajaba en un hospital móvil que era objetivo de los ataques de los bombarderos suicidas.  Llegaba a los heridos en los campos de batalla bajando en rapel de helicópteros, estabilizando sus heridas hasta que podían ser llevados por aire a algún hospital.

Durante la guerra, el P. Pat encontró fortaleza en los sacerdotes católicos que le acompañaban en sus misiones.  La compasión y preocupación que mostraban a los heridos y moribundos ayudó a inspirar al P. Pat para convertirse en sacerdote. 

“Tenía 28 años cuando me uní a los Oblatos,” dijo el P. Pat.  “Me tomó un tiempo ordenar las cosas.”

El Padre Pat nació en Los Angeles, hijo de inmigrantes irlandeses.  Su padre tenía un pasado interesante, como polizón en un barco mercante americano a los 13 años.  Los oficiales aduaneros trataron de enviar al joven de vuelta a Irlanda, pero unas monjas católicas llegaron en su ayuda y arreglaron que viviera con una familia en Nueva Jersey. 

Siendo niño, el P. Pat trabajó en los negocios de la familia: un grupo de tiendas de flores y regalos y una compañía de preparación de alimentos.  Al graduarse de la preparatoria ingresó en la UCLA, deseando ser doctor.  Luego llegó su aviso de reclutamiento.

Aunque el P. Pat volvió de Vietnam sin ninguna herida física, le llevó tiempo recuperarse de la afectación mental.  Tenía visiones del campo de batalla y muchas noches de insomnio.

Después de la guerra, el P. Pat trabajó tres años como médico asistente en Los Angeles y después en Omaha, Nebraska donde conoció a los Oblatos y el pensamiento de la vida religiosa que había tenido en su juventud se reavivó. 

El Padre Pat cambió los campos de batalla de Vietnam por los de las ciudades.  Muchos de sus primeros ministerios fueron trabajando en algunos de los vecindarios más peligrosos de los Estados Unidos.

En St. Louis fue Pastor de Holy Guardian Angels, en las unidades habitacionales Peabody.  Durante una Misa fue amenazado por un hombre que exigía dinero.  Más adelante, el P. Pat trabajó en las parroquias de los Oblatos en Chicago.  Un día celebraba el funeral de un joven cuando entraron a la iglesia dos miembros de una pandilla y asesinaron al padre del niño mientras rezaba.

Tras seis años en Chicago, el P. Pat aceptó una asignación en un mundo totalmente diferente – en la Alaska rural, donde trabajó tres años en las comunidades de Wrangell (con una población de 2,400), Petersburg (2,900 habitantes) y Kake (población de 546).  Más tarde aceptó ser Rector de la parroquia Catedral de Juneau, donde aún se encuentra.

Aunque el ambiente puede ser muy diferente, el P. Pat dijo que la gente de Alaska, en especial los Nativos, enfrentan muchas de las dificultades que sus feligreses tenían en las ciudades.

El alcoholismo, la desnutrición, el suicidio y la drogadicción (en particular la heroína) plagan muchas de las comunidades Nativas de Alaska.  Además, el P. Pat dijo que los adolescentes carecen de modelos positivos, por lo que los ancianos deben serlo para
sus nietos.

Otro obstáculo que se encuentra en Alaska es la falta de tecnología en muchas escuelas y parroquias.  Algunos lugares no tienen acceso al Internet, debiendo utilizar walkie-talkies.  En años recientes, el P. Pat ha tenido mucha actividad para lograr que la diócesis se actualice en tecnología.

Además, el P. Pat participa en programas de protección al medio ambiente y junto con otros representantes de la iglesia, defienden el medio ambiente de industrias como la maderera, minera y petrolera, que tratan de aprovecharse de los vastos recursos naturales.

El P. Pat dijo que “Alaska es un lugar fabuloso, pero también es un lugar de gran riesgo, debido a lo que se hace al medio ambiente.”

Fabuloso y riesgo, dos palabras que describen a Alaska, al igual que a la vida del P. Pat Casey.  Ya sea que salte de helicópteros, se enfrente a miembros de pandillas o sea un modelo para un joven en problemas, el P. Pat ha pasado una vida tomando riesgos y creando un fabuloso legado de compasión y amor.

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