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My Vocation Story – Fr. David Uribe, O.M.I

I am originally from Seminole, Texas which is a small town of about 6,000 people in the western part of the state.  My father worked many years in the oil fields.  I am the middle child, with one older sister and one younger sister.  Inside the home we spoke Spanish and outside of the home we spoke English.  At about the age of eight I became an altar server and that was when the seed was planted in me that the priesthood might be something that would become a part of my life.

At the age of 13 I met my first Missionary Oblate, Fr. James Delaney, O.M.I.  He was the priest that had married my parents 22 years earlier.  He was an elderly Irish man who had come to the United States immediately after his ordination and settled in Texas.  Upon being introduced to him he asked me what would I like to be when I grow up?  I told him I didn’t know, and I wanted to end the sentence there.  But something from inside told me to share with him that my mother and grandmother wanted me to be a priest.  From that moment, Fr. Delaney took me under his wings.

Father Delaney showed me his Oblate Cross and put it in my hands.  He told me that if I wanted to be a priest, and if I wanted to become a Missionary Oblate, then maybe one day this cross would be mine.  As I looked at his Oblate Cross I fell in love with its simplicity and the powerful image of the Crucified Christ.

Father Delaney told me many stories about the Missionary Oblates and their missions.  Eight months later I was on my way to the Oblates’ St. Anthony Minor Seminary in San Antonio. I said good-bye to my family at the age of 14 and traveled 300 miles away from home and became a high school student of the Oblates.

I thoroughly enjoyed my four years there, in particular hearing the stories from the visiting Oblates who came by the school.  It was powerful. I graduated from the minor seminary and went into formation for the priesthood.  I was there two years and then realized I really didn’t know what God was calling me to do, and I didn’t really know who I was.  So at the age of 21 I exited formation and closed the door to the Oblates and my faith.

I went through college and began a career in higher education.  I was successful, but living aimlessly.  Nine years later, I thought maybe I needed a career change, so I looked at entering politics.  While considering that change I received an invitation to attend Mass from Fr. Richard Hall, O.M.I. the new vicar at the Oblate parish in town.  It was exactly what I needed at that time. 

In October 2004, I walked into the church and immediately something inside of me woke up.  When it came to the Gloria it was a version I hadn’t heard since I was in high school.  It was like a homecoming.  As I began to sing I got very emotional because I realized that it was God who was missing from my life.  I broke down and cried.

I composed myself until the Gospel.  Of all the Sundays I could have gone back to Mass, the Gospel that day was about the Prodigal Son.  I knew that I was that Prodigal Son that had left for years and was now returning.  God was embracing me, and I probably wept the rest of the Mass.

My conversion had begun, and I applied to join the Oblates again.  Seven years of formation led me to the day of my perpetual vows as a Missionary Oblate.  I was ordained in May of 2014.  The Oblate tradition is to receive an Oblate Cross that had belonged to a previous Oblate.  When I was asked whose cross I wanted, it was a no-brainer.  I wanted the Oblate Cross of Fr. Delaney — my friend, mentor and hero.

Father Delaney had passed away in 2007 at the age of 97, after 70 years as a priest.  Today, as I hold our Oblate Cross, I think back to him handing it to me when I was a boy, and his prophetic words that one day his cross might be mine.  Through that cross, he is still with me every day.

Historia De Mi Vocación – P. David Uribe, O.M.I.

Soy originario de Seminole, Texas, un pequeño pueblo con cerca de 6,000 personas al oeste del estado. Mi padre trabajó en los campos petroleros por muchos años. Soy el segundo hijo, con una hermana mayor y una menor.  El idioma utilizado en nuestra casa era el español y fuera de ella, el inglés.  Cuando tenía cerca de ocho años me hice monaguillo y fue ahí que se plantó en mí la semilla de que el sacerdocio podría ser parte de mi vida.

A los 13 años conocí a mi primer Misionero Oblato, el P. James Delaney, O.M.I., quien había casado a mis padres 22 años antes.  Era un hombre irlandés mayor que había llegado a los Estados Unidos inmediatamente después de su ordenación, para establecerse en Texas.  Después de ser presentados, me preguntó qué me gustaría ser al crecer. Le respondí que no lo sabía y quise terminar ahí, pero algo dentro de mí me aconsejó compartir con él que mi mamá y abuela querían que fuera sacerdote.  A partir de ese momento, el P. Delaney me tomó a su cargo.

El Padre Delaney me mostró su Cruz Oblata y la colocó en mis manos, diciéndome que si deseaba ser sacerdote, si deseaba ser Misionero Oblato, tal vez algún día esa cruz sería mía.  Al ver la Cruz Oblata me enamoré de su sencillez y de la poderosa imagen de Cristo Crucificado.

El Padre Delaney me relató muchas historias del trabajo de los Misioneros Oblatos y sus misiones. Ocho meses después iba en camino al Seminario Menor de los Oblatos, St. Anthony, en San Antonio.  Me despedí de mi familia a los 14 años y viajé 480 km para estudiar en la preparatoria de los Oblatos.

Disfruté por completo mis cuatro años ahí, en especial escuchar las impactantes historias de los Oblatos que llegaban de visita a la escuela. Me gradué del seminario menor y fui a formarme para el sacerdocio. A los dos años me di cuenta de que no sabía qué me pedía Dios hacer y no sabía quién era yo, por lo que a los 21 años dejé la formación y le cerré la puerta a los Oblatos y mi fe.

Fui a la universidad para estudiar una carrera y tuve éxito, aunque vivía sin un propósito. Nueve años después pensé que tal vez necesitaba un cambio en mi carrera, por lo que pensé entrar en la política. Mientras consideraba el cambio, el P. Richard Hall, O.M.I. nuevo vicario en la parroquia del lugar, me invitó a Misa. Fue exactamente lo que necesitaba entonces.

En octubre del 2004 entré a la iglesia y de inmediato sentí que algo despertaba dentro de mí. Al llegar al Gloria escuché una versión que no escuchaba desde que estaba en preparatoria. Fue como llegar a casa, así que comencé a cantar y me llené de emoción, pues me di cuenta de que Dios faltaba en mi vida.    

Llegamos al Evangelio. De todos los domingos en que pude ir a Misa, el Evangelio de ese día fue el del Hijo Pródigo. Supe que yo era ese Hijo Pródigo que se había ido hacía nueve años y ahora regresaba. Dios me abrazaba y probablemente lloré el resto de la Misa.

Mi conversión había comenzado y
solicité ingresar de nuevo con los Oblatos. Siete años de formación me llevaron al día de mis votos perpetuos como Misionero Oblato y me ordené en mayo del 2014.  La tradición de los Oblatos es recibir la Cruz Oblata que perteneciera a algún Oblato anteriormente. Cuando me preguntaron qué Cruz quería, sin dudarlo contesté que la del Padre Delaney — mi amigo, mentor y héroe.

El Padre Delaney falleció en 2007 a los 97 años de edad y 70 como sacerdote. Actualmente, al llevar nuestra Cruz Oblata, pienso en él mostrándomela cuando niño, y sus palabras proféticas de que algún día su cruz sería mía. A través de ella, él está conmigo a diario.