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My Vocation Story Fr. Bill O’Donnell, O.M.I.

It’s almost as if I was destined to be an Oblate from the very beginning.  My mother’s family lived in Holy Angels Parish in Buffalo, New York which is the oldest continuous Oblate foundation in the U.S., since the 1890s.  I was just one in a long line baptized there and raised with Oblate priests all around me.  I don’t think I ever met a priest who wasn’t an Oblate until well into my high school years.

As a child the life and liturgy connected with priests was attractive.  Like many boys in the 1950s I played as a priest with my younger siblings serving as the congregation.

High school years saw me at Bishop Fallon High School, once again under the tutelage of the Oblates.  Here 22 mostly young Oblates taught 500 boys, primarily from the West Side of Buffalo.  The students came from families like mine, that were by no means rich, and to whom the $50 a year tuition was a struggle if not a hardship.

The atmosphere among the faculty was inspiring to us.  They got along well and their spirit was transferred to us, along with a real concern for the underdog.  We were the underdog school, small, in the middle of the city without much of a campus, and this fit in well with the Oblate charism.

As a track team member, I always had coaches who were Oblates.  The long drive home from practice brought me into closer contact with my Oblate coach.  What was seen in general from the faculty, that care and good spirit, was more clearly revealed in the daily drive home.

As high school drew to a close it was time to move on.  Like most of the seniors I was brought into the Vocation Director’s office and questioned about becoming an Oblate.  I was not interested, and wanted to get on with my life, meet the right girl and settle down.

God, however, had a different plan and He didn’t take too long in revealing it.  In my first semester of college, while waiting for Mass to begin one day, I suddenly felt that God really wanted me to be an Oblate.  It wasn’t a vision or a voice, just the solid certainty that I should be moving in that direction.

And so I did.  The Oblates urged me to finish college while I kept in touch through regular visits by the Vocation Director.  I went on to Novitiate and the seminary, and was ordained in 1970.  What seemed to be my destiny had come true.  I took a short detour but ultimately God’s call broke through, and like Samuel, “here I am.”

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Historia de Mi Vocación P. Bill O’Donnell, O.M.I.

Casi es como si hubiera estado destinado a ser Oblato desde el principio.  La familia de mi madre vivía en la parroquia de los Santos Ángeles en Buffalo, Nueva York, que es el lugar más antiguo de permanencia de los Oblatos en los E.U. desde los ´1890.  Fui uno de una larga lista de los bautizados ahí y crecí con los sacerdotes Oblatos a mi alrededor. No creo haber conocido a ningún sacerdote que no fuera Oblato sino hasta que estuve en preparatoria.

Al crecer era atrayente la conexión entre la vida y la liturgia con los sacerdotes. Como muchos niños en los ´1950, jugaba a ser sacerdote y mis hermanos menores eran la congregación.

Mis años de preparatoria transcurrieron en la escuela Bishop Fallon, de nuevo bajo la tutela de los Oblatos, donde 22 Oblatos, en su mayoría jóvenes, enseñaban a 500 niños, principalmente de la parte Oeste de Buffalo.  Los estudiantes provenían de familias como la mía, que no éramos ricos, y para quienes pagar la colegiatura anual de $50 era difícil, por decir lo menos.

El ambiente entre los profesores era inspirador para nosotros. Se llevaban bien y nos contagiaban su espíritu, junto con una real preocupación por los menos favorecidos.  Nuestra escuela era pequeña y enmedio de la ciudad, lo que encajaba bien en el carisma Oblato.

Estaba en el grupo de carreras y mis entrenadores siempre fueron Oblatos.  El largo trayecto a casa en auto me acercó con mi entrenador Oblato.  Lo que era notorio en los profesores: su preocupación y buen espíritu, era más evidente en el camino diario a casa.

Al estar por concluir la preparatoria, y como a la mayoría de los que estábamos por salir, fui llamado a la oficina del Director Vocacional y me preguntaron si tenía interés en hacerme Oblato.  Mi interés entonces era seguir mi vida, conocer a la chica adecuada y sentar cabeza.

Sin embargo, Dios planeaba algo diferente y no tardó en revelarlo.  En mi primer semestre de universidad, mientras esperaba que comenzara la Misa un día, repentinamente sentí que Dios quería en verdad que fuera Oblato.  No se trató de una visión ni una voz, sino la certeza de que debía ir por ese camino.

Y así fue.  Los Oblatos me animaron a terminar la carrera mientras visitaba regularmente al Director Vocacional.  Ingresé al Noviciado y al seminario y fui ordenado en 1970.  Lo que parecía ser mi destino se hizo realidad.  Aunque me desvié un poco, el llamado de Dios prevaleció y como Samuel, dije “aquí estoy”.