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Fr. Gill

My Vocation Story Fr. Jim Allen, O.M.I.

I consider myself an Oblate lifer in the sense that as long as I can remember I wanted to be a priest. I didn’t have any real deep, profound spiritual reason why I wanted to follow that path. I wanted to do the things father did in the parish. So even in the earliest grades I remember telling my little girlfriend that she could be my housekeeper when I became a priest.

When I was in eighth grade I made my decision that I wanted to go to a minor seminary. My pastor and the assistant in the parish didn’t really believe in minor seminaries. My mother even sent me to the office of the Assistant Pastor thinking he could talk me out of it because she wasn’t keen on me going away from home at 14. So I decided to start writing to a couple of religious orders.

Then in eighth grade a Missionary Oblate of Mary Immaculate came to talk to us at school, Fr. Valentine Goetz, O.M.I. That’s when I began to bond with the Oblates. I went to a workshop week at our minor seminary in Carthage, Missouri. There were Oblate scholastics there who were wonderful men and who would become wonderful priests. I simply liked them and I wanted to be one of them.

I was accepted to attend the minor seminary in the ninth grade but for some reason, I don’t even remember now, I didn’t go. So I went to a Catholic high school in Omaha. I was very unhappy there and it was obvious that it wasn’t where I needed to be.

In May of my freshman year I was at Tuesday evening devotion at my parish and my little sister came over to church and found me. She said there was a priest who called and is going to call me back. It was an Oblate from the minor seminary, Fr. Al Svobodny, O.M.I. and he told me the Oblates were still interested in me. I was ready to go. I would have packed up and gone the next day if I could, but I had to wait and go in the fall.

In 1958 I finished junior college and moved on to the Oblate Novitiate in Godfrey, Illinois. It was an intense year of  spiritual preparation.

They told us it was going to be the happiest year of our lives. But frankly, I kept waiting and asking when the happiness was going to begin. But I got through it and pronounced my first vows as an Oblate.

I went to our scholasticate in Mississippi and got there on a Monday. On Friday the superior came into the dining room, rang the bell and said that I and another student were going to leave to study in Rome that night. We went home first to visit with our family, and then took a ship to Italy knowing that for the next seven years we would not be able to return home. I could accept that, it was part of the program.

I took a ship to Rome on what was called a “Mediterranean Cruise.” I was on the ocean for nine days and seasick for seven of them. When I arrived in Italy I got culture shocked, but in a good way. Studying in Rome would be one of the most life-changing events in my life.

I first lived at our community in Roviano about 30 miles east of Rome. At first it was not a very enjoyable experience. It was in the mountains and at that time it was cold and damp. They didn’t have room for me so I actually slept in what was the barber shop. The “running water” meant that you got water in a basin and ran down the hallway with it. I was homesick. I was really eager to get out of there and down to Rome to our scholasticate.

When I got to Rome we had 108 students that first year from 18 countries. It was crowded, it was noisy and we lived over a very noisy street. But I enjoyed it very much because being part of an international community was so important to me. During the summer we would go back to Roviano and it became a little paradise for me. The people there did so much to shape the person that I am today.

My years in Italy really stretched me a lot. I got to hear so many different opinions from students from around the world. The time at the international scholasticate pulled me out of myself and gave me a worldview. It truly had a profound impact on shaping me not only as a Missionary Oblate but also as a citizen of the world. I feel that I am the Oblate, priest and man I am today because of my Rome experiences.

Fr. Gill

La historia de mi vocación

Jim Allen, O.M.I.

Me considero un Oblato de toda la vida en el sentido de que, desde que tengo uso de razón, quería ser sacerdote.

No tenía ninguna razón espiritual profunda por la que quisiera seguir ese camino.  Quería hacer las cosas que mi padre hacía en la parroquia.  Así que incluso en los primeros grados recuerdo haberle dicho a mi noviecita que podía ser mi ama de llaves cuando me hiciera sacerdote.

Cuando estaba en octavo grado tomé la decisión de que quería ir a un seminario menor.  Mi párroco y el asistente de la parroquia no creían realmente en los seminarios menores.  Mi madre incluso me envió a la oficina del asistente del párroco pensando que él podría disuadirme porque a ella no le gustaba que me fuera de casa a los 14 años.  Así que decidí empezar a escribir a un par de órdenes religiosas.

Entonces, en octavo grado, un misionero Oblato de María Inmaculada vino a hablarnos en la escuela, el P. Valentine Goetz, O.M.I., fue entonces cuando empecé a relacionarme con los Oblatos.  Fui a una semana de talleres en nuestro seminario menor en Carthage, Missouri.  Allí había escolásticos Oblatos que eran hombres maravillosos y que llegarían a ser extraordinarios sacerdotes.  Simplemente me gustaban y quería ser uno de ellos.

Me aceptaron para asistir al seminario menor en el noveno grado, pero por alguna razón, que ni siquiera recuerdo ahora, no fui.  Así que fui a una escuela secundaria católica en Omaha.  Me sentía muy infeliz allí y era obvio que no era donde necesitaba estar.

En mayo de mi primer año, estaba en la devoción del martes por la noche en mi parroquia y mi hermana pequeña vino a la iglesia y me encontró.  Me dijo que había llamado un sacerdote y que me iba a volver a llamar.  Era un Oblato del seminario menor, Al Svobodny, O.M.I. y me dijo que los Oblatos seguían interesados en mí.  Yo estaba dispuesto a irme. Habría hecho las maletas y me habría ido al día siguiente si hubiera podido, pero tuve que esperar e ingresar en el otoño.

En 1958 terminé el colegio menor y me trasladé al noviciado de los Oblatos en Godfrey, Illinois.  Fue un año intenso de preparación espiritual. Nos dijeron que iba a ser el año más feliz de nuestras vidas.  Pero, francamente, yo seguía esperando y preguntando cuándo iba a empezar la felicidad.  Pero lo superé y pronuncié mis primeros votos como Oblato.

Fui a nuestro escolasticado en Mississippi y llegué allí un lunes.  El viernes, el superior entró en el comedor, tocó el timbre y dijo que yo y otro estudiante íbamos a partir para estudiar en Roma.  Primero fuimos a casa a visitar a nuestra familia, y luego tomamos un barco a Italia sabiendo que durante los siguientes siete años no podríamos volver a casa.  Podía aceptarlo, era parte del programa.

Tomé un barco a Roma en lo que se llamó un “crucero por el mediterráneo”.  Estuve en el océano durante nueve días y me mareé durante siete de ellos.  Cuando llegué a Italia sufrí un choque cultural, pero en el buen sentido.  Estudiar en Roma sería uno de los acontecimientos que más cambió mi vida.

Primero viví en nuestra comunidad de Roviano, a unos 50 kilómetros al este de Roma.  Al principio no fue una experiencia muy agradable.  Estaba en las montañas y en aquella época hacía frío y humedad.  No tenían sitio para mí, así que dormí en lo que era la barbería.  El “agua corriente” significaba que cogías agua en una palangana y corrías con ella por el pasillo.  Tenía nostalgia.  Tenía muchas ganas de salir de allí y bajar a Roma a nuestro escolasticado.

Cuando llegué a Roma, ese primer año teníamos 108 estudiantes de 18 países.  El escolasticado estaba abarrotado, era ruidoso y vivíamos en una calle muy ruidosa.  Pero lo disfruté mucho porque formar parte de una comunidad internacional era muy importante para mí.  Durante el verano volvíamos a Roviano y se convirtió en un pequeño paraíso para mí.  La gente de allí contribuyó mucho a formar la persona que soy hoy.

Los años que pasé en Italia me sirvieron para crecer mucho.  Pude escuchar muchas opiniones diferentes de estudiantes de todo el mundo.  El tiempo que pasé en el escolasticado internacional me ayudo a salir de mí mismo y me dio una visión del mundo más amplia.  Realmente tuvo un profundo impacto en mi formación no sólo como misionero Oblato sino también como ciudadano del mundo.  Siento que soy el Oblato, el sacerdote y el hombre que hoy soy, gracias a mis experiencias vividas en Roma.