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Alaskan Bishop“I Come From The End Of The Earth”

As the leader of the Diocese of Churchill – Hudson Bay in Canada, Bp. Anthony Krotki, O.M.I. is in charge of one of the largest, and smallest diocese in the world.

By land, the diocese covers about 1.4 million square miles of primarily Inuit territory.  By population, there are only 9,000 Catholics living in isolated missions with names like Whale Cove, Arctic Bay and Coral Harbour.

“It’s a very hard place to live so we don’t worry about the rest of the world much,” said Bp. Tony.  “But the North is a place of incredible joy because we are never alone, we are always part of a strong Inuit family.”

Just a year after being ordained in his native Poland, Fr. Tony arrived in the Canadian Arctic in 1990 to minister in some of the world’s most isolated Catholic missions.  He served as pastor of several mission churches before being named the local bishop in 2013.  His entire diocese includes just seven priests, five of whom are Missionary Oblates.

The Oblates have been ministering in the far north of Canada for more than 100 years.  The harsh climate makes their ministries some of the most difficult in the world.

Bishop from AlaskaBishop Tony experiences this harshness often, including a near-death experience when his snowmobile broke down on an eight-hour trip to a mission site.  Navigating by the North Star in subzero weather, Bp. Tony eventually arrived at the mission site several hours late after nearly freezing to death.

“At a point during that ordeal I had no feeling in my face.  I thought I was done,” said Bp. Tony.  “All I could do was pray and look to the North Star for guidance, and God delivered me to safety.”

Bishop Tony says the people who live in these small, isolated villages are the most resilient people he has ever met.  One young couple, Yolanda and Levi, remind Bp. Tony that no matter what hardships are put in your path, they can be overcome with help from your Inuit family and God.

Yolanda and Levi had five children die and had given up hope.  In talking with Bp. Tony, they decided to try again and gave birth to a son.  They named him Tony in honor of Bp. Tony.  In the hospital in Ottawa, Yolanda played hymns sung by Bp. Tony in her native language so little Tony would already know part of his culture when they returned to the village.

Seven months later, little Tony died.  It was a devastating time for the young couple, Bp. Tony and the entire Inuit family.  As people gathered at the couple’s house, Bp. Tony was so overcome with grief that he couldn’t talk with anyone.  He sat in a corner of the room.  Then a 5-year-old came over to him and gave him a hug, and said the most healing words possible: “Tony I love you.”

“This little girl hugged me so hard that I couldn’t breathe,” said Bp. Tony.  “It was as if God had given me a squeeze to remind me that I was loved and that things would be O.K.”

As he travels throughout the vast Arctic, Bp. Tony carries a crosier that was made from a neighbor’s prune tree in his native Poland.  Bishop Tony’s sister had the cane made to remind her brother of where his faith journey began.  As a rambunctious child, Bp. Tony used to steal prunes from that tree.

The crosier is symbolic of Bp. Tony’s faith journey.  On one side of the cane the wood is not impressive.  It is rough and has several cracks.  On the other side, however, the wood is beautiful, smooth and pristine.

“God can take the roughness and cracks in our lives and turn it into something beautiful, shiny and wonderful,” said Bp. Tony.  “All we have to do is trust in Him.”

Alaskan Bishop“Vengo de los confines de la tierra.”

Como líder la Diócesis de Churchill – Bahía Hudson en Canadá, el Obispo Anthony Krotki, O.M.I. está a cargo de una de las mayores y más pequeñas diócesis en el mundo.

Por tierra, la diócesis abarca cerca de 2.24 millones de km2 de territorio, básicamente Inuit.  En términos de población, solo hay 9,000 católicos viviendo en misiones aisladas, llamadas Whale Cove, Arctic Bay y Coral Harbour.

“Es un lugar difícil para vivir, por lo que no nos ocupamos mucho del resto del mundo,” dijo el Obispo Tony.  “Pero el Norte es un lugar de alegría increíble, pues nunca estamos solos; somos siempre parte de una fuerte familia Inuit.”

Justo un año después de ser ordenado en su nativa Polonia, el P. Tony llegó al Ártico canadiense en 1990, para trabajar en algunas de las misiones católicas más aisladas. Trabajó como pastor de varias iglesias de misión antes de ser nombrado obispo local, en 2013.  Su diócesis completa incluye a solo siete sacerdotes, de los cuales cinco son Misioneros Oblatos.

Los Oblatos han trabajado en el norte de Canadá por más de 100 años. El duro clima hace de sus ministerios algunos de los más difíciles en el mundo.

El Obispo Tony experimenta la rudeza del clima a menudo, incluso en una experiencia cercana a la muerte, cuando su vehículo para nieve se descompuso en un viaje de 8 horas a una misión. Navegando con la Estrella del Norte en temperaturas bajo cero, el Obispo Tony eventualmente llegó al lugar de la misión varias horas tarde, casi perdiendo la vida por congelación.

Bishop from Alaska“En algún momento de esta situación no tenía sensación en la cara. Pensé que era el fin”, dijo el Obispo Tony.  “Todo lo que podía hacer era rezar y buscar la Estrella del Norte para guiarme, y Dios me llevó a la seguridad.”

El Obispo Tony dice que la gente que vive en estas pequeñas aldeas aisladas son los más resilientes que ha conocido.  Una joven pareja, Yolanda y Levi, le recuerdan al Obispo Tony que sin importar las dificultades que encontremos en nuestro camino, podemos superarlas con la ayuda de la familia Inuit y de Dios.

Yolanda y Levi vieron morir a cinco hijos y perdieron la esperanza. Al hablar con el Obispo Tony, decidieron intentar de nuevo y tuvieron un hijo, a quien nombraron Tony en honor del obispo. En el hospital en Ottawa, Yolanda tocaba himnos cantados por el Obispo Tony en su lengua nativa, para que el pequeño Tony aprendiera parte de su cultura al volver a la aldea.

Tony falleció siete meses después y fue devastador para la joven pareja, el obispo Tony y toda la familia Inuit.  Al reunirse la gente en casa de la pareja, el obispo Tony se vio tan afectado que no pudo hablar con nadie, yendo a sentarse a un lado de la habitación. Entonces llegó una niña de cinco años y abrazándolo, le dijo las palabras de mayor consuelo posible: “Tony, te quiero”.

“La pequeña niña me abrazó tan fuerte que no podía respirar,” dijo el Obispo Tony.  “Fue como si Dios me hubiera dado un estrujón para recordarme que soy querido y que todo estaría bien.”

Al viajar por el extenso Ártico, el Obispo Tony lleva un báculo hecho de una rama de un ciruelo de un vecino en su nativa Polonia.  La hermana del Obispo Tony lo mandó hacer para recordar a su hermano dónde comenzó su viaje de fe.  Siendo niño, al Obispo Tony le gustaba cortar ciruelas de ese árbol.

El báculo es simbólico del viaje de fe del Obispo Tony. En uno de sus lados la madera es áspera y tiene varias grietas.  Sin embargo, en el otro lado la madera es hermosa, pulida y limpia.

“Dios puede remover las asperezas y grietas de nuestras vidas, transformándolas en algo hermoso, brillante y maravilloso”, dijo el Obispo Tony.  “Todo lo que debemos hacer es confiar en Él.”